Visitas

Mostrando entradas con la etiqueta Marlene. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marlene. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de agosto de 2012

Ese rincón en el que guardas tus miedos.


Caía la noche y se ponía a pensar, tenía la mente llena de compartimentos. Un compartimento para recordar aquella chincheta clavada en su mano. Un compartimento para cada vez que su estómago rugía por el hambre. Un compartimento para guardar todo aquel miedo a sonreír. Ella misma era un conjunto de compartimentos y en el más pequeño, el que estaba más adentro, guardaba su herido corazón. Esperó a que volviese a aparecer ante su puerta o en el banco desde el que la había observado tantas veces, al parecer; pasó noches enteras tratando de armarse del valor suficiente para explicarle que, por su propia historia, era incapaz de ser feliz.

Había pasado casi un mes y, de golpe, un día sonó su timbre de nuevo. Cuando abrió la puerta se encontró una pequeña caja de madera. Con curiosidad la sostuvo unos instantes entre sus manos y luego la posó en la mesa para averiguar qué contenía. Con sumo cuidado levantó la tapa y se encontró con pétalos de rosa que envolvían una nota.

“He dejado pasar todo este tiempo pero debo decirte que me moría de ganas de llamar a tu puerta. No sé qué pensarás de mí pero, si no te importa, me gustaría invitarte a pasar una tarde agradable. Este sábado, en el portal de tu casa. Si te parece bien coloca la caja en la repisa de la ventana, yo la veré. No espero hacerte tomar una decisión pero… Me encantaría que aceptaras.”

Se mordió el labio, miró hacia Hermes y suspiró. ¿Acaso alguna vez habían intentado hacerla sonreír? ¿Merecía la pena dejar aparcados sus miedos durante unas cuantas horas por un hombre al que apenas conocía? Quizá, pensó, saldría herida, pero también puede que necesitase hacerlo para conseguir superar todo su dolor algún día.

Se acercó a la ventana, la abrió de par en par y respiró el aire que inundó toda la habitación. Dejó allí la caja, abierta, bien visible, y permitió que los pétalos salieran volando uno por uno dibujando un precioso camino que partía de su ventana. Entonces le vio, sentado en ese banco, sonriendo. Él alzó los brazos a modo de pregunta y Marlene, con una sonrisa, simplemente asintió.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Sin traiciones.

Se cuelan los últimos rayos del sol por la ventana y me doy cuenta de que Hermes está más contento que de costumbre. Le observo acurrucada desde el sofá mientras trato de comprender y de encajar todas las piezas y esa última nota: 

"Esta historia acaba de empezar.”

Suena el timbre y salgo del atontamiento que me invade para abrir la puerta. Ahí está. Es aquel chico que me miraba desde la calle hace bastante tiempo. ¿Cómo tiene el valor de presentarse aquí sin conocerme? Mi primera reacción es de cerrar la puerta pero por algún motivo estoy paralizada mirando sus ojos. Sonríe, no entiendo por qué, y Hermes parece divertirse con todo esto porque no deja de revolotear por toda su jaula.

- Perdona que me presente aquí, así sin más, a estas horas… – le miro estupefacta – Créeme, no vengo a asaltar tu casa ni nada parecido.
- ¿Por qué me mirabas aquél día?
- ¡Vaya! No esperaba que te acordases… La verdad es que todo empezó en aquel momento pero lo entenderás todo cuando veas esto. – Deja sobre mis manos un paquete enorme. – Creo que ya es hora de que me vaya, buenas noches.

Cierro la puerta y dejo sobre la mesa el paquete. Con los dedos voy despegando las esquinas del papel y veo un cuadro y una carta.

“Sé que es una forma muy cobarde de explicártelo pero al menos he tenido el coraje de entregarte esto yo mismo. El primer día que te vi supe que algo te entristecía y desde entonces paso más por tu calle que por la mía. Un día me senté en un banco a observarte y de ahí viene todo este jaleo. Quería hacerte feliz, lo necesitaba, y con el paso de los días conseguí sacarte sonrisas, aunque fuesen pequeñas. Es una locura, pero no soporto verte triste a través de esa ventana. Quiero que seamos como dos corazones, sin traiciones, con palpitaciones sin usar.”

Dejo la carta a un lado y miro hacia el cuadro… Es un dibujo hecho por él en el que se me ve en la ventana. Me ha dibujado una sonrisa.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Curiosidad o miedo a sentir.


El infinito… ¿Había algo más eterno que eso? No podía dejar de darle vueltas. Cada día sonaba el timbre y aparecía otra cosa más con aquella frase. Tenía ya la mesa llena: los bombones, la caja con el barco de papel, una rosa de origami, un libro que prometía ser conmovedor, una foto de un lago nevado…

Sentía una mezcla entre curiosidad, felicidad y vergüenza. No sabía si aquello era una broma o un soplo de aire fresco. No podía tener la certeza de que no estaban jugando con ella de nuevo pero, a pesar de sus miedos, era incapaz de tirar todo aquello que estaba inundando su casa.

Sin darse cuenta había empezado a acostumbrarse. Daba de comer a Hermes mientras miraba el reloj esperando a que el timbre sonase. Tenía la eternidad y el infinito ante sus ojos y ni siquiera se había dado cuenta.

¿Quién puede rechazar el infinito?

miércoles, 31 de agosto de 2011

Era todo y más.

Se sentía sin fuerzas pero Hermes necesitaba comer. Se puso una camiseta cualquiera y unos vaqueros que, meses atrás, le hubiesen quedado como un guante. Había perdido demasiado peso y demasiados ánimos, de modo que ahora sólo era un saquito de huesos y pena. Marlene se disponía a salir cuando alguien llamó a la puerta.

- Buenos días – dijo aquel repartidor repasándola de pies a cabeza – ¿Marlene?
- Sí, soy yo.
- Pues si eres tan amable de firmar aquí…

Con curiosidad firmó y volvió a cerrar la puerta cuando tuvo en sus manos aquel paquete. Días atrás otro repartidor diferente había traído una caja de bombones. Lo observó con detenimiento y vio que tenía un sobre pegado por fuera, así que pensó que quizá aclarase de algún modo toda aquella locura.

“Era todo, y era más… Tú eras el infinito”

En el interior de una cajita se encontró con un barco de papel con la misma frase. Lejos de aclarar algo, no supo por qué pero se le asomó una lágrima. Ya no le apetecía salir, así que le cortó un poco de fruta a Hermes, estaba segura que le gustaba más que aquella rancia comida de pájaros que vendían en la tienda de la esquina.
Pasaron las horas y aquel barco seguía dando vueltas entre los dedos de Marlene mientras que, en su mente, sólo había una pregunta… ¿Por qué?
Más en: Marlene

Hago un inciso en la temática del blog para agradecer a Lil (podeis echar un vistazo en: Nube Cometa) el premio que me dio en su blog. Siempre es un placer que te agradezcan de esta manera pasarse por el blog y comentar, porque aunque parezca que no... Sí, queremos saber las opiniones de las personas que nos leen. ¡Un beso linda!

martes, 9 de agosto de 2011

Dueña de su intimidad.

Estaba en la ventana, distraída, con su pelo enmarañado. Últimamente pasaba mucho tiempo allí, como si esperase que alguien le devolviese un pedacito de ella misma que había salido volando. Volando como había entrado Hermes, quien ahora está algo más gordito que cuando llegó, al contrario que Marlene.
Se fijó en que un chico la observaba desde la calle y se sintió incómoda. ¿Por qué se entrometía en su intimidad de aquella manera? ¿Por qué alguien querría perder su tiempo mirando hacia ella? Para cuando salió de su ensimismamiento el chico ya se había ido. Se dio la vuelta y clavó sus ojos en Hermes, quizá su consuelo ante la falta de cariño.
A pesar de todo, en un banco cercano, el chico seguía posando sus ojos en ella.

lunes, 6 de junio de 2011

En los huesos.

-Mamá, tengo hambre.
-Todavía no es la hora.

Eso es lo que siempre le contestaba a Marlene y ella siempre se creyó lo que su madre le decía. Si le decía que no había llegado la hora, ella pensaba que quizá su hambre se estuviese adelantando. A veces pasaba varios días sin comer y, con el tiempo, aprendió a guardarse unos cuantos lacasitos dentro de un calcetín para los días largos. Así llamaba ella a esas rachas sin comer. Cada dos horas un lacasito, esa era su rutina para ir calmando su tripa, y era triste porque cuando le ponían el plato delante solo había una patata y un pequeño trocito de carne.

-¿Puedo comer un poco más?
-Así está bien, muchos niños no tienen ni siquiera eso.

Sabía que era verdad, eso era incuestionable, pero no entendía por qué motivo sus padres siempre tenían lleno el plato. Era perfectamente consciente del poco amor que sus padres sentían por ella pero nunca pensó que llegase al punto de querer matarla de hambre.

 
Ahora la miro y está tan flaquita como el día que vino aquí para vivir sola. Me da pena y me gustaría darle una tonelada de lacasitos, darle la mano y echar a correr, pero eso le haría todavía más daño.



miércoles, 27 de abril de 2011

Hoy casi llueve, o casi no.

Ella está en la cama, ya hace unos días que se siente demasiado flaca como para comer. La verdad es que empiezan a notársele los huesos de la cara, hace un tiempo que no duerme todo lo que debería y cuando me la cruzo me dan ganas de abrazarla aunque sé que es mejor que no lo haga.
El otro día me miró con esos ojillos tristes que tiene y me saludó en el rellano:

-Buenos días.
-Buenos días para ti Marlene.
-Para mí nunca son buenos – dijo con una sonrisa triste – pero quizá llueva.
-Sí, hoy casi llueve – le dije esperando que al menos eso la animase.

Creo que lleva días llorando porque no se despega de sus botas de agua. El otro día salió a la calle y todo el portal olía a mar, a agua salada, a sus lágrimas inocentes. Me dio mucha pena, tanta que le dejé una nota en la puerta que decía “sonríe, por favor.”
Al cabo de unas horas había otra nota en mi puerta que decía: “Hoy tampoco ha llovido”

Es una lástima, el otro día se la oía gimotear y desahogarse, porque así está siempre, ahogada en su pasado. Ojala venga pronto quien la salve de esa tortura.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Nadie pregunta.

Paseaba por la calle y me fijé en un niño sentado en las escaleras de un portal, estaba llorando. ¿Cuántos días me había pasado yo así? Supuse que bastantes por el nudo que se me hizo en el estómago.

Normalmente no me meto donde no me llaman, la vida me lo ha enseñado, pero es que a mí nunca nadie me llama así que me senté junto a él, que me miró sin decir nada.

Compartimos el silencio, que ya es mucho más de lo que he compartido con mucha gente, y pasó un rato hasta que el niño se secó las lágrimas, me sonrió y se fue.

Llevo pensándolo desde entonces, espero haberle ayudado. A mí muchas veces me hacía falta que alguien se sentase a mi lado, sin decirme nada, sin preguntarme nada, sólo a mi lado compartiendo el silencio, dando presencia hasta que las lágrimas dejasen de salir.

miércoles, 9 de marzo de 2011

El hueco de su alma.

Toda la noche en vela, alguna lágrima caía de vez en cuando por sus mejillas, yo calculo que podría haber llenado un vaso enorme.
Esa mañana el sol la había sorprendido, ensimismada, mirando la palma de su mano. Hacía mucho tiempo que no reparaba en aquella cicatriz, no era más que un punto pero había hecho un hueco enorme en su vida. Había pasado tantas noches acariciando ese mismo punto como días doliéndole su amargura. Trataba de calmar su piel calmando su alma pero no había sido capaz, de vez en cuando se ponía una tirita para que los males no salieran.

Aquel día de los santos inocentes cambió su vida, al fin y al cabo ni los Santos son tan Santos, ni los inocentes tan buenos.

-Marlene, ¿me das la mano?
-Sí, claro. – dijo tímidamente la pequeña.
En un instante sus preciosas botas se habían teñido de rojo y aquel niño, riéndose a carcajadas, la dejó con aquella chincheta en el centro de su mano.
-¿Quién iba a querer darte la mano?

Lloró entonces y llora ahora, y lo seguirá haciendo. Desde entonces no le había dado la mano a nadie, la cicatriz la advertía y en parte la cuidaba para que nadie volviera a abrir aquella vieja herida. Una puñalada en el centro de la línea de la vida, como algunos la llaman; una vida que le había sido cortada a la mitad. 
Esta vez no hubo vaso que contuviese aquellas lágrimas, ni tirita que frenase a sus demonios, ni noche eterna que la hiciese dormir. Debía de ser profunda la tristeza, y por desgracia a ella le pasa, muy a menudo.

jueves, 3 de febrero de 2011

Con un toque de canela

Hermes, hoy he ido al mercado a comprar canela en rama. Le da un toque de alegría a la casa, se impregnan las paredes y se me cuela tan dentro que no deja que nada me ponga tan triste. Solía comprarla cada semana pero al estar tan debilucho no quería que te pasase nada; ahora ya tienes fuerzas para revolotear por toda la casa, no es mala señal. El caso es que caminando entre los puestos he recordado aquello de “al mal tiempo, buena cara” y no veas tú lo bien que me he sentido. Será por la canela…

Os mando un poquito de alegría.

lunes, 3 de enero de 2011

Vuela pajarito, vuela.

-Hermes llevamos ya juntos casi un mes. Creo que tu familia está un poco despistada y yo me muero de pena cuando te observo pegadito a la ventana con ese pío pío que te desgarra la garganta. – Le miró durante largo rato, suspirando de vez en cuando – Quizá debería dejar que te fueras, que buscases tu destino o qué se yo. – En ese momento Hermes dio un saltito hacia ella y empezó a picotearle el pijama. – Tienes razón, aquí juntos también se está muy bien.

 

lunes, 13 de diciembre de 2010

Bonita, no me llores.

- Hermes pareces triste y hace dos horas que no comes nada, si sigues así vas a ponerte enfermo, y no hay nada peor que enfermar de tristeza. – Miró por la ventana. Las calles centelleaban y se veían bolsas por todas partes acompañadas por sonrisas rasgadas por el frío. – Todo está lleno de luces, árboles y bufandas. Mis padres no solían adornar la casa en estas fechas porque decían que no había nada que celebrar. A mí me gusta pasear y verlo todo tan alegre; me parece fascinante ver como puede haber gente sufriendo tanto y que sacan una sonrisa al ver parpadear esos cientos de luces. Creo que se podría dejar el aroma navideño todo el año pero, como todo, acabaría perdiendo su magia. Sin embargo a mí me trae malos recuerdos; por mucho que quiera salir a pasear mis botas de agua no me quitan el frío. Todavía puedo sentir sus manos rozándome el pelo mientras me decía “Marlene, esto es lo que tienes que aprender preciosa.” – Rompió a llorar sin poder evitarlo mientras Hermes la miraba tiritando, esos recuerdos todavía le dolían. Al levantar la cabeza se secó las lágrimas y trató de sonreír. – Perdóname Hermes, no quería ponernos tristes.

¿Tú también te pones triste?

jueves, 9 de diciembre de 2010

Pajarito de la esperanza.

Hoy ha decidido olvidarse de todo cuando al levantar la persiana se encontró con un pajarillo en la repisa. Le pareció triste así que se puso los guantes y lo recogió con todo el cuidado que pudo; lo dejó dentro de un gorro de lana para que no tuviese frío y subió un poco de temperatura la estufa para que se les caldeara el alma. Allí se pasó toda la mañana, observándolo, y de vez en cuando incluso hablaba con él:

-No voy a hacerte daño; se lo que se siente y no es bonito. – Esperó, pero no obtuvo respuesta alguna, ni siquiera pió un poquito. – Tienes cara de llamarte Hermes. ¿Quién tendría el valor de dejarte solo? Seguro que tu familia está buscándote por un millón de sitios, voy a dejar la ventana abierta por si acaso.

Se había hecho de noche y Hermes empezaba a acomodarse entre la cálida lana mientras Marlene no dejaba de mirarlo.

-Es muy tarde, creo que tengo que cerrar la ventana si no queremos que se nos congele el corazón. Me prepararé una taza de leche y nos iremos a dormir, ¿qué te parece? Hermes, hoy las cosas duelen menos porque has llegado; nadie se había atrevido a entrar en esta casa hasta que llegaste tú y te colaste en mi vida por una ventana, como un ladrón… Sólo que delgaducho y desconfiado.

Y sonriendo se fue a prepararlo todo, por una vez, sin tener ganas de llorar; al fin y al cabo… ¿Quién sabe cuánto dura la alegría?

¿Cuánto tiempo se quedará con Marlene?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Qué hay de ese sentimiento que te inunda cuando quieres llorar?

Aquel día quería pero no podía; era como si alguien hubiese puesto una esponja debajo de sus ojos.
Ismael había traído al colegio unos collares de perro y se los había puesto en las muñecas, poco después todos se compincharon para atarla al perchero. Pasó mucho rato hasta que todo acabó y se quedó allí durante horas viendo como se hacía de noche. Le dolían las muñecas de forcejear. Al entrar en el aula para recoger su profesora se alarmó al verla allí colgada y se apresuró todo lo que pudo para bajarla.

-¿Qué ha pasado Marlene?
-Nada señorita, estábamos jugando.
-¿Jugando a qué? Todos se han ido ya.

No pudo contarle lo que le habían hecho, por qué tenía todas aquellas heridas o por qué llegaría con su ropa rota a casa. Con tan solo ocho años había visto la humillación de cerca tantas veces…

martes, 23 de noviembre de 2010

Se le rompió la confianza.

Me parecía todo tan ridículo… Aquellas cortinas desteñidas, aquel sillón apolillado, aquel olor a tiempo perdido; todo era igual que su aspecto. Era un hombre un tanto descuidado, pantalones de pana gastados, unas gafas redondas que enmarcaban sus extraños ojos color gris y una barba demasiado larga que indicaba los pocos cuidados que le dedicaba; no creo que fuese el hombre apropiado para indicar a nadie como encarrilar su vida, la verdad.

-¿Cómo te llamas?
-Marlene.
-¿Y cuántos años tienes Marlene?
-Diez.- Suspiré mientras el anotaba cosas en su asquerosa libreta.
-En primer lugar, me gustaría que supieses que tienes muy preocupados a tus padres, ¿sabes por qué?
-No…
-Muy bien, pues iré citando algunas cosas; si quieres comentar algo, puedes hacerlo ¿está bien?
-Supongo.
-Según tengo entendido hace un tiempo ya que tienes cardenales en el cuerpo; hace unos meses llamaron a tus padres del colegio para advertirles de que habías amenazado a un niño con un lápiz; te comportas de manera grosera en casa, así como también te encierras en ti misma… ¿Quieres que siga?
-¡Mis padres no saben nada!
-¿Por qué dices eso?

Años después todavía recuerdo aquel día; me levanté del sillón y eché a correr escaleras abajo. Mis padres habían pagado a un hombre para que “arreglase” a su hija sin molestarse en contrastar mi versión. No sirvió de nada decirles que no amenacé a ningún niño con un lápiz, ni con nada, únicamente trataba de defenderme levantando las manos para que dejase de pegarme. Parte de mis cardenales provenían de ahí y de todas las veces que en casa me dijeron que yo no servía para nada. Me encerré en mí misma porque el día que más les necesité, el día que comenzó toda esta tortura, ellos me dieron la espalda. Cuando le expliqué a mi padre lo que había pasado cuando su hermano había subido a mi cuarto sólo me dijo:

-¿Pero qué cosas dices? ¡Castigada! No puedes contar semejantes mentiras. La familia es familia, y hay que quererla Marlene.
Ni siquiera se molestaron en creerme.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Personas en las que nunca pude confiar.

Todavía recuerdo sus palabras:
-Vas a ir Marlene, te guste o no. ¡Estás chalada!

Estoy convencida de que las palabras duelen más cuanto más cercana es la persona que las dice. Aquella vez me lo dijo mi madre. Me refugié en mi cuarto hecha un ovillo y lloré todo lo que me quedaba por llorar, que no era mucho. Al día siguiente me agarró con toda la fuerza que pudo y a las diez de la mañana estaba completamente sola en una habitación con un hombre haciéndome preguntas. Creo que los psicólogos son un tema serio y la gente recurre a ellos sólo porque está de moda, por cualquier tontería. A mí nunca me ha gustado hablar con ellos a pesar de que he conocido muchos desde que me llevaron al primero con siete años; nunca me habían parecido lo suficientemente profesionales.

  

-Empezaré por una pregunta sencilla… ¿Por qué crees que estás aquí?
-Si esa es la mejor pregunta que puede hacerme es que usted no va a decirme nada que no sepa ya.
 


Me pasé lo que quedaba de hora escuchando sus intentos para que le contase mi vida pero… Cuando ni siquiera tus padres creen en ti, ¿a quién podrías contársela?

sábado, 20 de noviembre de 2010

Las heridas manos de Marlene.

Decidí perderme en los portales y ser una drogodependiente del amor que no me han dado nunca. Haya donde iba la gente siempre me miraba raro, se compadecían, y alguno incluso me cogía de la mano… ¡Cómo lo odio por Dios! ¿No se dan cuenta del daño que me hacen? Cuando una persona te coge de la mano es como salvarte la vida y a mí nunca me ha querido salvar nadie, ni siquiera mis padres cuando cruzaba la calle me daban la mano. Cuando una persona te agarra la mano te acoge en su vida y a mi nadie me ha querido donar ni una parte de su tiempo. Cuando alguien te coge de la mano te da esperanzas, y yo ya no las quiero. Sólo quiero salir a pasear, con mis botas de agua por si llueve, o por si hace Sol, porque tengo tanto hielo en los huesos que cuando sale el Sol se derrite y me empapa los pies, y me enfrío tanto que cojo constipados casi a diario. Como aquella vez que lloraba en mi cuarto y entró el hermano de mi padre y me… No, como esa vez no, que todavía duele.

Todavía lloro con el dolor de aquel día.

Cuando Marlene llegó

Nunca le habían gustado las personas que van al psicólogo porque es lo que está de moda. Llevaba muchos años huyendo de ellos y volviendo a caer en sus garras con cada resbalón; y es que es una de esas personas que parecen estar condenadas al fracaso.
De pequeña le había arrancado algún mechón de pelo a compañeros de clase (sin querer, por supuesto) y ya de mayor se deja arrancar el alma a pedacitos. Alguna discusión con su familia, comentarios desafortunados, hombres que no son del todo sinceros y fracasos varios se encuentran en su día a día para hacerla la mujer que es.
A Marlene algunos la llaman loca. Le gusta calzarse sus botas de agua y salir a pasear pero odia que la gente la lleve de la mano porque dice que le quema, que se le clavan. Yo creo que solo tiene miedo, como una chiquilla, y me da pena porque es una persona muy fácil de querer pero no se deja.