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martes, 10 de enero de 2012

Sueños casi cumplidos.

Hoy le molesta un poco más que ayer pero un poco menos que mañana. Es lo que se suele decir, porque a medida que pasa el tiempo aumentan las ganas.
Cada noche hacen conjeturas: cómo serán sus ojos, cómo será su pelo… Porque cuando te arrebatan lo que más quieres sólo deseas recuperarlo y ellos lo estaban consiguiendo.
Luis, tumbado a su lado, se acercó a ella y paso su mano lentamente por su vientre. Una patada, ahí estaba, como si de un milagro se tratase. Sonrió y la besó todas las veces que pudo hasta que le dolieron los labios.

- ¿Lo ves? Te dije que llegaría.

Abrazados cerraron los ojos dispuestos a dormir porque soñar… Ya estaban soñando.

lunes, 26 de septiembre de 2011

I belong to you, you belong to me.


Estamos ahí, punto y final o punto y seguido. Yo la sigo a trompicones escaleras arriba hasta llegar al descansillo, la acorralo en la puerta y la beso mientras hago girar la llave. Se arrodilla en el sofá mientras me clava ese mar que tiene en la mirada, la devoraría en este mismo instante.
Su respiración poniendo a prueba mi oído, sus labios color carmesí, la curva de su espalda… Todo resalta ante su desnudez. Me abalanzo y ella me esquiva. Jugamos en nuestro propio mundo sabiendo que, después de todo este tiempo, seguimos ardiendo con el deseo tanto o más que el primer día. La persigo y nos rozamos, cada vez más despacio, hasta acabar acostados sobre el colchón. La miro, ahora mismo, me deleito y me pierdo por el amor que siento por ella.
Con un dedo sigo la forma de sus labios y voy dibujando una línea que baja por su cuello, por sus costillas, por sus caderas, más allá… La beso como si mañana fuese a acabarse el mundo porque, si llega a suceder, no quiero quedarme con las ganas.
¿Y qué si sus labios han perdido el color de tanto amarnos? Yo la deseo así, ardientemente, desde la piel hasta el alma.

miércoles, 8 de junio de 2011

Invierno esperando.

Noches de continuas pesadillas y días tratando de sonreír. Así iba pasando el tiempo en aquel quinto.

-¿Quieres saber qué es lo que no me deja dormir?
-Claro, cuéntame.
-Cada noche sueño que hay algo ahí, creciendo, moviéndose – dijo señalando su tripa – pero luego despierto y me siento así, vacía. Es duro cerrar los ojos y ver cumplido nuestro sueño, abrirlos y notar que me falta el aire.

Luis la abraza, hay veces que no se puede ni se debe decir nada. Algún día será, él lo sabe y se lo recuerda a menudo, tendrá los ojos azules de su madre y le gustará la mermelada de fresa tanto como a él.

Es el deseo que tienen pendiente, un invierno esperando y una barriga feliz.

jueves, 28 de abril de 2011

Marearte y quedarte agusto.

Cuando era pequeña solía escribir. Mi madre y yo siempre teníamos esa conversación:

-Amelia, ¿sobre qué escribes?
-Sobre cualquier cosa.
-¿Y a quién le escribes?
-Al que en un futuro tenga mi corazón, por si quiere saber que le estaba esperando incluso antes de que él llegara.

A veces no soporto ni los rayos del Sol, es cierto. Sin embargo son esas veces en la que estoy en la cama, hundida, y tú llegas, me abrazas y das vueltas con tus dedos alrededor de mi ombligo. Entonces parece que con esa caricia el tiempo se para y todo me da igual, mientras sienta ese cosquilleo nada puede dañarme. 
Es por esos instantes que ahora estoy escribiendo otra vez, porque tú trabajas Luis y yo necesito que tus dedos den vueltas en mi ombligo. Porque a veces necesitas marearte y vomitar para quedarte a gusto y tú siempre has sido la persona que me sujeta el pelo para que no me salpique.

martes, 5 de abril de 2011

Mi cordura eres tú.

Luis estaba rodeado de gente que ni siquiera conocía. Hablaban de esas experiencias que se tienen, de cómo la rutina se cuela en las relaciones y solo el amor a tres bandas hace recuperar algo la ilusión. Todo eso le resultaba horrible.

-Perdonad que me meta pero no creo que tengáis razón. ¿Alguno se ha enamorado de verdad? – Hizo una pausa y, cuando uno se disponía a contestar, prosiguió. – No, no hace falta que contestes, lo dudo mucho. Si alguna vez hubieseis amado podríais escuchar el corazón de cualquier chica. Es horrible salir del trabajo y escuchar cosas así mientras yo me muero de ganas de llegar a casa con mi mujer.

Todo se quedó en silencio durante unos minutos en los que Luis iba recordando cada momento vivido con Amelia.

-Lo bueno de lo nuestro es que hasta ahora nunca hemos perdido las ganas de estar juntos, no necesito ningún estímulo distinto de ella. Podría enseñaros lo bien que huele el amor cuando la acorralas en las escaleras y la haces tuya. Podría contaros cómo se esfuma todo lo malo cuando ella sonríe. Podría incluso describiros cómo me siento cada vez que cruzo la puerta de mi casa. Soy afortunado por tener a mi lado a una mujer que lucha por mí cada día y yo poder luchar por ella. Vosotros, que habéis dejado que se evapore todo lo que da sentido a la vida, no podéis saber lo que es amar y a mí eso me da pena.

Los dejó con la palabra en la boca, con sentimiento de culpa y decepción, y se encaminó a casa. Al llegar Amelia estaba recogiendo el salón, tan bella como siempre. Sin mediar palabra se acercó, la besó y la abrazó.

-¿Qué ocurre Luis? ¿Va todo bien?
-El mundo se ha vuelto loco y mi cordura eres tú.

miércoles, 16 de marzo de 2011

¿Qué es en su vida?

¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué es o qué significa para otra persona?
Ella lo hace, por supuesto, y en un primer momento se siente terriblemente insignificante en su vida, no podía ser de otro modo. Sin embargo ahí están los sueños realizados y las noches en vela para recordarle su lugar; al fin y al cabo, no hay mucha gente que renuncie a tantas cosas por alguien.
Se olvidó de la manía que tenía de abrocharse hasta el último botón de la camisa. Se dejó invadir en cuerpo y alma. Se alejó del Sol de mediodía para ver a la Luna cada anochecer desde la cama. Se desvinculó de ojos marrones que le revolvían las entrañas cuando naufragó en sus ojos. Cambió ser solitario y se acostumbró a tenerla a su lado todas las mañanas.
Sí, ella se lo pregunta muchas veces, pero después se da cuenta de todas las cosas que ha hecho por ella, las que cuenta y las que calla… Y sonríe.

martes, 15 de febrero de 2011

Tus detalles.

- ¿Qué fue lo que te enamoró de mí? – le preguntó Amelia mientras desayunaban.
- Tus detalles.
- ¿Cómo cuáles? – arrugó la nariz mientras quitaba el papel a una magdalena.
- Precisamente cosas como esta; te concentras para quitarle el papel a mis magdalenas y sin embargo luego tú te comes una tostada. – Luis sabía la importancia que le daba ella a las cosas pequeñas.
- ¿Y si yo no le quitase el papel a tus magdalenas? ¿Seguirías enamorado de mí entonces?
- Sí, sin ninguna duda. El día que nos conocimos no le habías quitado el papel a mis magdalenas y sin embargo algo en ti me decía que no debía dejarte marchar.

Desayunaron entre arrumacos, recogieron la mesa y salieron a comprar, paraguas en mano.

- ¿Crees que pronto será?
- Seguro, tienes unos ojos de mamá inconfundibles.

domingo, 2 de enero de 2011

Se fue dejando marcada su alma.

Le apetecía llorar, a veces. Pasaban largas horas hasta que se rendía a ello aferrada a Luis, siempre era él quien se preocupaba por sus penas. Bajo las sábanas, abrazados, juntos.

- ¿Qué ocurre Amelia?
- Estas fechas casi han acabado; en unos días ya no habrá dolor.
- Cariño, esto no es bueno para ti. Sabes que llegará un día en el que…
- En el que… ¿qué? Hace años estas fechas no me dolían Luis, pero lo perdí todo; perdí aquello que nos daba la vida a los dos y ni siquiera comprendo el por qué.
- Las cosas suceden por algún motivo, llegará el momento ya lo verás; intenta animarte.
- ¿Y por qué nosotros?
- Quizá porque tenemos la posibilidad de conseguirlo en otra ocasión, y entonces saldrá bien, te lo aseguro.
- ¿Sabes Luis? – gimoteó sin poder evitarlo – Todavía guardo lo poco que nos quedó.
- Pronto será útil, ya lo verás.
- ¿De verdad lo crees?
- Claro mi amor. ¿Estás mejor?
- Sí. Confío en que llegará nuestro momento y ya no dolerá nunca más.
- Llegará. Buenas noches Amelia.
- Buenas noches, y gracias amor mio.

         

martes, 30 de noviembre de 2010

Algo tan puro como la nieve.

Me encanta salir cuando nieva simplemente por verla radiante. Se pone sus botas de goma, su gorro de lana y sale corriendo al frío. Enseguida se le pone la nariz como un tomate pero no le importa porque le gusta sentir el frío puliendo su piel, dice que las arrugas que empiezan a aparecer quizá se hagan más pequeñas. Yo, calado de frío hasta los huesos, la observo escribir mensajes en la nieve, tirarme bolas de nieve e ilusionarse con lo bello del paisaje.
Recuerdo que la primera vez que nevó siendo novios; estaba en el hospital y ella apareció corriendo en la habitación con el mismo gorro, las mismas botas y la misma nariz enrojecida. Tenía algo en las manos chorreando y una sonrisa inmensa en la cara, estaba tan bella…

- Maldita calefacción de hospital… ¡Vamos Luis, abre mis manos!

Bonito, ¿no?

Y lo hice; allí estaba un perfecto corazón descansando sobre sus manos doloridas por el frío de la nieve. Desde entonces cuando nieva no puedo evitar recordar aquel día. Me entregó su amor, ¿qué si no? Una amante de la nieve no podía escoger otra manera para hacerlo.


lunes, 15 de noviembre de 2010

El sofá perdió los cojines y la vergüenza

Me preparé un baño caliente, después de todo el día trabajando me apetecía relajarme antes de que llegase Luis. Fue un baño de esos cargaditos de espuma en los que todo se esconde debajo del agua. Siempre me ha gustado ponerme a remojo en la bañera durante horas y comprobar en qué momento exacto empiezan a salirme arrugas. Cerré los ojos y me acurruqué como pude en aquella bañera estrecha que nunca me había gustado. Venía con la casa, como casi todo lo demás. Un quinto con ascensor y la madera algo comida por el tiempo con una televisión de esas de hace años que ni siquiera encendemos y un sofá que al sentarse pierde todos los cojines; siempre hemos odiado ese sofá, no entiendo como todavía sigue ahí… Bueno, en realidad sí, fue en él donde inauguramos el piso. Por fin teníamos algo nuestro en donde refugiarnos de todo lo demás, éramos jóvenes y teníamos ganas de afrontar la vida. Cómo olvidar aquella tarde…
-Amelia, ¿por qué no traes un poco de vino?
-Claro amor pero… ¿en qué copas?
Rompimos a reír, era curioso tener todo lo que habíamos soñado y a la vez no tener nada. Todos los muebles venían con la casa y a día de hoy lo hemos cambiado casi todo, salvo la bañera y el salón. Aquella tarde Luis me abrazó por detrás mientras tarareaba una canción de Laura Pausini y bruscamente me giró atrayéndome hacia él. Fue desabrochando mi camisa y cuando quise darme cuenta caímos sobre el sofá con el frenesí del momento. Nada más tocar los cojines se fueron separando uno a uno cayendo al suelo. Reímos incluso más que con las copas que no teníamos; parecía que aquel piso estaba hecho para la incomodidad pero no nos importaba, era nuestro. Nos hicimos el amor mutuamente en aquel esqueleto de sofá sin darnos prisa porque dentro de aquellas cuatro paredes no había nada a lo que rendirle cuentas. El tiempo era nuestro…
Abrí los ojos, las arrugas ya habían aparecido y de la espuma no había ni rastro. Luis estaba observándome desde el marco de la puerta sonriendo y fue a sentarse al sofá mientras yo salía del agua. Le escuché refunfuñar como tantas veces por esos cojines que no conseguía acomodar y sonreí porque, al fin y al cabo, esa era la esencia de nuestro piso desde el primer día, el sofá… Bueno, y la bañera, pero esa ya es otra historia.
Parece cómodo ¿verdad?

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El pan de cada día

Para Amelia morir significa quedarse sin chocolate en la despensa, echarle al café sal en lugar de azúcar, correr hacia algún lugar con el tiempo justo y llegar tarde, que le sobre sal a la comida (si le falta, aún puede remediarse), que se le rompan las medias poco después de ponérselas, que se ponga a llover cuando tiene que hacer sol y que haga sol cuando tiene que llover, tener que salir de la cama sin su momento de amor. Es de esa clase de personas que intentan decir “Pamplona” mientras comen y no se imagina lo preciosa que está con los mofletes llenos de comida.
Sin embargo, para Luis morir es que Amelia no sonría al despertar, no verla a remojo en la bañera, llegar del trabajo y no tener su beso de consuelo, no poder amarla lo suficiente en las mañanas (porque eso a ambos les chafa el día) y estar demasiado cansado por la noche. Es de esos que cambian cuando el amor llega a sus vidas, de los que dejan de preocuparse por las cosas de la vida y se centran en aquello que les salva al llegar a casa, porque es de los que opina que se tiene una casa cuando se forma una familia.
Le encanta seguir la curvatura de la espalda de Amelia y sentir como ella tiene escalofríos, oler el aroma de su pelo todas y cada una de las noches, abrazarla fuerte cuando truena para que no tenga miedo y darle besos que saben a mermelada de fresa antes de irse a trabajar. A su vez, Amelia disfruta enredando sus manos en el pelo del pecho de Luis, recorriendo con su nariz fría la curva de su cadera y contando todos sus lunares. Adora que la bese detrás de la oreja cuando van a dormir, que sepa cual es el momento para tocarle el ombligo, hacer que a él se le erice el pelo de la nuca con un susurro y perderse en sábanas de seda siempre que les es posible.

Comparten vida, y juntos se complementan para distanciar aquellos momentos que les hacen morir, cada uno a su manera.

viernes, 29 de octubre de 2010

¡Llover a océanos!

Era un día de lluvia, tal como hoy, quizá por eso se les ha venido a la memoria.
Habían ido a pasear por las afueras y cuando habían perdido el camino de vuelta se puso a llover, pero no a llover a mares, no… ¡Llovía a océanos!
-¿Tenía que ponerse a llover precisamente ahora? – dijo él.
-¿Recuerdas el día que nos conocimos? Llovía a mares, hoy llueve quizá un poco más, quizá sea una señal.
Él se dio cuenta de lo preciosa que estaba con el pelo mojado, esos ojos azules que brillaban entre cada gota de lluvia. El frío les estaba calando hasta los huesos pero, por extraño que parezca, ambos notaban calor. Con el paso de los segundos no pudo evitar fijarse en que el vestido se le estaba pegando a la piel e iba perfilando su figura; había olvidado lo mucho que le llamaban la atención esas curvas hacía años. Ella a su vez clavó los ojos en su camisa mojada y se preguntó cuanto tiempo hacía que no descansaba en su pecho.
-Creo que hacía siglos que no nos pasaba esto… - apuntilló – Olvidemos las riñas, volvamos a aquel día, en medio del campo.
Ambos se sentían tan jóvenes, tan unidos, que salieron corriendo hacia su portal, como si nunca se hubiesen planteado salir. Cogieron el ascensor, todavía les quedaban unos segundos hasta llegar al quinto y se comieron a besos. Entraron por la puerta a bocajarro y la ropa mojada acabó inundando el suelo. Nada tenía importancia mientras el olor de la humedad se colaba entre las sábanas. Se sentían como aquel día, empapados, fríos y dispuestos a apostarlo todo por amor una vez más, ya poco sentido tenía lo que creían que se había perdido porque estaban volviendo a encontrarse, de nuevo, al comienzo del otoño en un día de lluvia.
Hoy llueve otra vez, y desde el rellano del quinto llega la fragancia del amor. Todavía estarán por su enésima ración de “Querer en salsa de besos”. Y aunque a todos los vecinos les toque añorar todo eso en la distancia, por ellos desean que llueva durante mucho tiempo, que se inunden las calles de las dudas, que se ahogue el miedo y que llueva a mares, y a océanos.
Es algo mágico escuchar esas risas cada vez que llueve, a veces no sólo es el Sol quien trae buenos sueños.
Refugiarse en el amor debajo de un paraguas.