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martes, 22 de noviembre de 2011

Cálida y viva.


Nos obligamos a coincidir en la calle al menos una vez al día. Eres como el pan de la comida y yo ya no sé como hacer para despegarme de esa necesidad que me producen cada uno de tus años.
Daría lo que fuera para que esta misma noche abandonases esa monotonía y vinieses aquí conmigo, te prometo que podría hacerte feliz. Sin embargo aquí seguimos y parece casi indecente esto que nos une cada madrugada; tú a las seis enciendes la luz y yo a menos cinco ya tengo desbocados mis latidos. Por una vez quiero sentirte cálida y viva, tampoco es mucho pedir.

martes, 28 de junio de 2011

Vaho indecente.

Sensación de malestar, de boca seca. Sus ojos se abren y se dirige a oscuras hacia el cuarto de baño. Inconscientemente echa una mirada por la ventana y allí está ella, otra vez. No puede creérselo. Desvía la mirada hacia el reloj que tiene en la mesita de noche, las seis de la mañana. Decide observarla a oscuras desde la puerta, hace tanto tiempo que no se permiten el lujo de encontrarse que hasta se avergüenza de entrometerse de nuevo en su vida.
Antonia está en ropa interior y él reconoce cada curva. Pasados unos minutos enciende la luz y se sienta en el alféizar de la ventana, quiere que le vea, que sepa que sigue ahí. Ella se da cuenta y se paraliza. ¿Acaso puede seguir con ese juego? Le mira y le ve allí, frente a ella, con síntomas claros de haberse desvelado. En ese instante se da cuenta, se acerca a la ventana y la empaña. Tomás no está muy seguro del motivo pero, segundos después, empieza a ver como ella desliza su dedo escribiendo:
6:00 a.m.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Más cerca que nunca.

Hace tiempo que ella y José ya no se miran, pero se ven, y eso ya es mucho después de tanto tiempo. A veces echa de menos a ese chiquillo que por un momento le devolvió la ilusión; sus ojos todavía algunos días se abren a las seis de la mañana pero no se atreve a levantarse de la cama, sabe o cree que es mejor así. Cuando se quita las medias siempre se imagina sobre aquella silla, su corazón palpitando en cada zona de su cuerpo, en algunas incluso galopando.
Sale de su casa para hacer la compra, como tantas veces, y mira hacia ese edificio que tantas madrugadas le ha robado el sueño. Trata de concentrarse: “lechuga, tomates, algo de carne…” Y de repente él, sale del portal y camina por la calle sin percatarse de que ella, su Antonia, está más cerca que nunca.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Rutina y cine.

¿Cuántos habéis tenido esa sensación de que vuestro cuerpo está vacío y vuestra alma se ha quedado en alguna parte pasada de vuestras vidas? Supongo que ya es pura costumbre ponerme a hablar como si alguien me escuchara, como si un plural fuese a contestar a mis propias preguntas.

Me siento frente a la ventana del salón y rozo levemente la cortina con un dedo mientras escucho de fondo esa película subida de tono que siempre está en mi DVD. ¿Cuánto hace que no miro al exterior? Demasiado tiempo. El baño se ha convertido en un lugar prohibido para asomarse a la calle. Me decido y desplazo la cortina, a fin de cuentas no voy a ver su ventana desde esta habitación. Todo sigue igual que hace tanto tiempo, los mismos transeúntes, el mismo bar vacío.

Vuelvo al sofá y trato de concentrarme en la película. Una rubia está con un tío entrado en años, puede que hasta se atraigan mutuamente, es el típico Richard Gere con la típica jovencita despampanante. Poco a poco empiezo a notar el efecto de este tipo de cine, los pantalones me aprietan, mi respiración se entrecorta y siento unas ganas irrefrenables de acercarme a la televisión. Se escucha el sonido de los botones al desabrocharse y comienzo… Que rutinario es todo sin ti, Antonia.

martes, 22 de marzo de 2011

No podía esperarse otra cosa de mí.

Hoy otra vez,  no podía esperarse otra cosa de mí. Marqué su número y me encontré su cálida voz.

-¡Tomás, qué sorpresa!
-¿Por qué no te vienes a casa?

Ella era la más reciente de mi lista, tan reciente que ni siquiera la había probado. Nos conocimos en un bar; yo tenía la barba de tres días y acababa de pedirme un whisky mientras ella estaba sentada en una de las mesas con una insípida botella de agua. Yo era como un águila pero en ese momento no esperaba encontrarme una presa, si bien es cierto que ella en un principio no parecía ser más que una cría. Tenía una mirada de esas que aseguran que no le amarga un dulce, de las que enganchan, y no voy a negar que a mí me viene bien calmar el sabor amargo que tengo en la boca.

Jacquelinne estaba a punto de llegar así que estiré un poco el edredón, irónico que con tanta mujer rodando entre mis sábanas me vuelva cada vez más friolero. Aún considero necesario causar buena impresión la primera vez que una chica cruza esa puerta, así que me puse los pantalones y abrí un poco las ventanas.
Llegó con el mismo aspecto que tenía en el bar, casi me daba miedo corromper a un ángel sin embargo esa blusa apretada estaba jugando a mi favor. Apenas cerré la puerta a sus espaldas ella dejó todo bien claro:

-Tomás, no me malinterpretes, no suelo presentarme en casa de alguien a la primera de cambio pero intuyo que tú eres diferente.
-Soy peor que muchos pero, al final, no te arrepentirás de haber venido. – La besé con todas mis fuerzas en sus labios naturales y la fui llevando hasta la cama.
-Por favor, trátame bien.
-Como a una princesa.

Esa ropa recatada estaba ocultando demasiado bien sus rasgos. Me deshice de todo menos de ella, de su esencia. Estaba decidido, ese ángel acabaría debatiendo entre cielo e infierno conmigo y yo la convencería de que mojar su ropa interior era mejor que mantener pura su alma.

jueves, 24 de febrero de 2011

Tus ausentes carnes

Hoy me he asomado a la ventana en plena noche, hacía tanto que no lo hacía… Ya no pienso en ti, o al menos no como antes. Supongo que ahora las cosas te irán mejor o que tu marido ha empezado a valorar lo que tiene, también puede ser que te dé vergüenza mostrarme tu cuerpo, o tal vez tu alma. El caso es que hoy yo he seguido con el ritual, como si nada o como si tal cosa, me he tocado y no he podido reventar porque faltabas tú…
Han llegado cada día desde que tú dejaste de aparecer y me piden algo que ya no puedo darles; quién me lo iba a decir a mí, yo sin querer saber nada de sexo. Y es que me piden ese algo que tú no me has dejado darte, y te aseguro que me hubiese encantado perderme entre tus carnes. ¿De qué sirve que mi cuerpo se encaje en sus entrañas? ¿De qué vale que griten y suspiren en mi cama si me aterra quedarme a solas con cualquiera de ellas? No saben que cuando me hinco en sus rincones solo pienso en ti. Debo empezar a tomar las riendas de mi vida, como antes de mudarme a este piso. Mezclaba sus sudores con mi piel, todos los sabores los hacía míos, y me encantaba, sin embargo no he vuelto a asomarme entre sus piernas. ¿Qué me has hecho mujer? No pienso en ti como antes, lo sé, ahora quizá sea peor. Te echo de menos Antonia.

jueves, 6 de enero de 2011

Si la abuela supiera...

Hoy era un buen día, al menos eso se empeñaba en pensar. Su marido se jubilaría dentro de relativamente poco y eso supondría volver a tener tiempo juntos.
Se acordó de cuando se conocieron; él tenía uno de esos bigotes que estaban tan de moda en aquella época – sonrió al pensarlo – y ella, el rosario de su abuela colgado al cuello. Marcelina le había dicho “Antoñita, hija, como nieta mía que eres tienes que encomendarle tu vida a Dios hasta que el hombre correcto pida tu mano a tu padre”. Pobre abuela, que cuando llegó José con esos ojitos y la subió al pajar quedó grabado el rosario en sus carnes de rodar entre la paja, sin pedirle la mano a su padre ni nada. Si su abuela supiera…
Ojalá la jubilación de José les traiga otra vez tiempos como aquellos, aunque sin bigotes.

martes, 14 de diciembre de 2010

Me estás volviendo loco...

Dos meses han pasado desde la última vez; me pareció ver su silueta una mañana pero preferí no martirizarme. ¿Dónde estás Antonia? Ninguna consigue hacerme sentir como tú, ninguna por muy espectacular que sea. Hoy es día catorce, me toca llamar a Tamara pero ni siquiera tengo ganas. Ni sus dientes blancos ni sus labios rojos, ni su nariz perfecta ni su melena de rizos de carbón, nada puede hacerme suspirar tanto como cuando mi despertador sonaba a la hora exacta. Marco los números de manera pesada y escucho su voz al otro lado del teléfono:

- ¡Tomás! Día catorce, ¿Dónde?
- Donde siempre preciosa, en mi casa dentro de una hora.
- Allí estaré.

Quizá debería arreglar un poco la casa, no me gustaría que sospechase nada de la juerga de anoche… Y sin darme cuenta ya había sonado el timbre.

- Pasa Tamara.
- ¿Por qué nunca me invitas el catorce de febrero? Es casi como cualquier otro mes. – Dice con su sonrisa tímida, siempre tonteando con la misma broma.
- Sabes que tengo muchas cosas que hacer... Anda ven que hoy te toca mimarme un poco.
- ¿Qué quieres exactamente?
- Tu calor, tu cuerpo, tus ganas...

 

Y me tumbó en la cama y me recorrió entero, a pesar de que yo sólo podía imaginarme las manos de Antonia. Me hundí en sus calores y no pensé, sólo actué como un animal ávido de aquello que le han quitado.

domingo, 21 de noviembre de 2010

A veces se arrepiente de luchar.

Después de todos los esfuerzos todo había vuelto a la normalidad. Antonia cada día se levanta, limpia y le prepara la comida a su marido; un marido que ha vuelto a no mirarla, se siente poco más que uno de esos muebles, como ese hierro oxidado por el tiempo. Sus ojos se abren automáticamente a las seis de la mañana y piensa en Tomás, en qué habrá pensado él de sus ausencias, y rompe a llorar pensando en lo sola que se siente. Es absurdo, ni siquiera se conocen y le da pena haber dejado de verle por luchar por un amor marchito pero ella quiere luchar por su marido, ese que no la mira ni la ve, ese que no la siente. Quiere luchar porque fue él quien la enseñó lo bonito de la vida, y también lo feo. Fue él quien le pidió matrimonio y Antonia siempre ha sido de esas mujeres que creen en el amor para toda la vida.
Cada día trata de descubrir aquello que les falta o aquello que pueda reavivar su historia para siempre, algo que le sorprenda y lo vuelva a enamorar, pero todo fracasa...

¿Alguna sugerencia?

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Inmerso en sus pensamientos…

Un mes… Ya ha pasado un mes y sigo sin tener noticias de ella. Empiezan a saber amargas las mañanas y a escocer las entrañas por las ganas de ella. A veces incluso me despierto en plena noche por si acaso está despierta esperándome; las seis de la mañana ya no significan nada porque me pasaría la eternidad buscando sus aromas, esos a los que nunca tuve acceso. Hoy llevo la barba de tres días propia para Andrea, le gustan los hombres que pican al besar.
Es una abogada tremenda (intelectualmente hablando, claro), mujer temperamental donde las haya. Embutida en su traje de oficina y con ese moño poniendo a prueba a la ley de la gravedad, aunque he de reconocer que no es lo único que desafía la ley de la gravedad con ella. Es verla llegar con ese aire de elegancia, con su mirada lasciva enmarcada en esas gafas negras y me vuelvo loco. Es de esas chicas a las que les gusta llevar la iniciativa y no me viene nada mal ver como contonea todo su cuerpo para olvidar a Antonia. Mi Antonia… Tan pulida ya en sus años y en sus carnes. – Suena el timbre, y menos mal.

-Buenas noches Andrea.
-¿Buenas noches? ¿Acaso te parecen buenas? ¡Vengo empapada!
-Bueno… al fin y al cabo ambos sabemos que no iba a durarnos mucho la ropa ¿no?

¡Madre mía! – sigue Tomás en sus pensamientos. – Esta mujer acabará haciendo que explote. Esos glúteos definidos por horas de gimnasio y esa tela mojada que se pega a ellos como si estuviese conspirando contra mi propia integridad física y ya estoy ahí, al borde del abismo, desafiando a la ley de la gravedad por ella. Da besos como quien arranca corazones; tiene ese poder y lo sabe, por eso cuando se acomoda encima de mí me clava esa mirada de satisfacción, como ahora. Comienza su movimiento de caderas, su baile ancestral con el que cualquiera entraría en trance, pero yo sólo puedo fijarme en ese lunar que tiene sobre el ombligo. Explota ella y retumbo yo en cada uno de sus rincones, siento como sus uñas dejan rastro en mi piel y eso, aunque parezca mentira, me alivia. Lo bueno de Andrea es que así como viene se va, con un portazo cuando ya ha acabado todo; y para qué engañarnos, ni ella es lo que yo necesito, ni yo soy suficiente para ella. Así como Claudia me inspira ternura y casi tengo que rogarle que se vaya, Andrea es esa adrenalina que se dispara en el momento preciso, potente y fugaz. Y tú, Antonia… ¿Dónde estás?

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Nunca había notado su cama tan vacía.

Hace una semana que no sé nada de ella. Puede que se haya cansado ya de todo esto o de mí, o quizá su marido ahora le haga el caso que ella se merece, quién sabe. El caso es que yo la echo de menos pero creo que va siendo hora de tomar la sartén por el mango. Compraré cortinas, eso me ayudará a pasar página; y debo tomarme enserio a otras mujeres, aunque en comparación con Antonia todas me parezcan niñas…

- ¿Tomás?
- Sí, ya voy. – Le contesta mientras se termina el café.
- ¡Por Dios! ¿No crees que estás tardando demasiado?
- ¿Acaso me echas de menos nena?

Claudia era una chica corriente, probablemente por eso él se comportaba con ella como cualquier tío más. A pesar de que Antonia le había llegado muy dentro no había dejado sus veintitantos, y eso quiere decir que cada noche había una mujer en su cama. La última vez que le rompieron el corazón hizo una lista con todas las mujeres que había conocido y fue tachando de ella a aquellas que no quería volver a ver y añadiendo a aquellas otras que iba conociendo. Treinta chicas, una para cada día del mes, y algunos meses incluso le sobraba un día en el que se permitía el placer de estar solo. A medida que, por algún motivo, una mujer salía de esa lista, otra entraba.
De Claudia le gustaban sus pechos firmes, pequeños pero a la espera; tenían la medida perfecta para algún mordisco de vez en cuando. Y sus labios, que mientras le hacía el amor se ponían de un color rojo intenso. Tenía la impresión de que era de las pocas chicas que aun pensaban que podía salir algo serio de todo aquello.

- ¡Venga Tomás! Si no vienes ya, voy a llamar a otro.

Sabía que no era verdad, Claudia nunca tenía a ningún otro esperando. Se pasaba los días añorando una llamada suya y por las noches, cuando no sabía nada de él, se tocaba para intentar sentirle. Era adorable, a sus veinte años todavía creía en el príncipe azul, aunque ignoraba que Tomás no era ni siquiera de color gris. A veces se odiaba a sí mismo por penetrarle el alma, porque en el fondo era consciente de que con el tiempo todas guardarían un mal recuerdo de él… Salvo Antonia, o eso le gustaba pensar. Y con ese pensamiento atravesó la puerta de su cuarto, sabiendo que volvería a atentar contra aquella chica que le subía algo más que la moral pero no lo suficiente como para quedarse hasta mañana.
Su cama nunca había estado tan vacía.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Arriesgó por la vida que había creado.

Hoy Antonia se levantó con ganas de guerra. Estaba cansada de jugar sola o con Tomás a distancia desde el otro lado de la calle y se decidió a sorprender a su marido. Quería demostrarse a sí misma que su matrimonio podía seguir funcionando a pesar de la rutina y se propuso despertar cariñosamente a su esposo, quizá así se animase. Tras un par de minutos él abrió los ojos y, un poco confundido, la analizó de arriba abajo, lo que provocó en Antonia un ataque de pánico. Ya había perdido la esperanza y estaba ahora recostada de nuevo en la cama avergonzada pero su marido había visto en ella algo diferente esa mañana, se había dado cuenta de la mujer que tenía a su lado, de que estaba desaprovechando todos esos años y esa confianza creada juntos y la abrazó.
Con lágrimas en los ojos recordaron tiempos jóvenes al calor de la calefacción, dejaron por un día que la casa se llenase de polvo y que el desayuno no llegase tan temprano para hacer resurgir un amor que creían perdido.
Mientras tanto, Tomás estaba solo y confundido en medio de su baño, tratando de entender. Una hora, dos horas, mil horas…

martes, 2 de noviembre de 2010

Antonia era una mujer de bandera.

Se levanta muy temprano y limpia toda la casa; hace la comida para su esposo y le recibe con una sonrisa en la cara. Comen y charlan amenamente sobre cómo le ha ido el día a él y después dejan reposar la comida mientras se echan una siesta enfrente de la tele. Sobre las 6 de la tarde ella le prepara un café bien cargado a su marido y lo despierta cariñosamente para que se lo beba. Al llegar la noche siempre se mete en la cama y lee uno de esos libros románticos que recuerdan tiempos de juventud más pasionales y se duerme abrazada a su marido recordando como él la miraba antes.
Todo esto podría saberlo cualquiera pero Tomás, desde su ventana, puede ver como se quiere a sí misma.
Él no es un degenerado ni muchísimo menos, sabe valorar cada gesto que hace aquella mujer que ronda los cincuenta, cada sonrisa que le dedica a su esposo aún cuando la rutina puede con las alegrías de la vida. La quiere mucho, gracias a ella ha aprendido que empezar el buen día con ganas es muy importante para sobrellevar todo lo demás. El primer día que se despertó en su nueva casa descubrió, mientras se afeitaba, a aquella vecina tan peculiar; estaba sentada en una silla en mitad del cuarto de baño de su casa que, casualmente, quedaba justo enfrente de la de él. Ella no se daba cuenta de que la observaba porque siempre tenía los ojos cerrados hasta que, de repente, se levantaba de la silla con una sonrisa y comenzaba a limpiar. Con el paso de los días se percató de que Antonia cada mañana madrugaba para sentirse querida, como en todos los libros que leía cada noche; se había resignado a que el paso del tiempo había dejado huella en su matrimonio y aprendió a quererse aún cuando su marido no le prestaba atención.
No recuerda cuando comenzó aquel juego entre los dos, cuando ella abrió los ojos y descubrió a su espectador furtivo. No hay diferencia de edad cuando, a las 6 de la mañana, ambos cogen una silla y se sientan allí, frente a la ventana, con sus respectivos pijamas arrugados y medio ausentes resbalando por sus cuerpos. Ya no recuerda en qué momento la dependencia de Antonia empezó a ser mortal y cuándo comenzó a aprender todo lo que los gestos de una mujer podían expresar. Y allí están cada mañana los dos, tocándose mientras observan cada movimiento desde el piso de enfrente, ambos muriéndose de ganas de refugiarse en los aromas del otro, los dos asomándose a los ojos del vecino cuando llega el momento clave.
Acaban siempre sudando pero con esa sonrisa en la cara que tanto caracterizaba a Antonia mientras limpiaba su casa. Aunque la hora está marcada, ninguno de los dos puede evitar esas miradas furtivas por la ventana a lo largo del día, pero no se encuentran, no se ven, no se sacian.
Quien sabe si algún día se sentirán y si Antonia volverá a ser la protagonista de su vida, como lo son los personajes de esos libros que tanto le gustan, como cuando era joven viviendo del deseo. Quien sabe si en algún momento Tomás dejará sus veintitantos y correrá a los brazos de esa mujer entrada en años que tanto calor le produce, física y emocionalmente. Quien sabe… Pero mientras tanto cada mañana sonará el reloj.
Despierta que quiero sentirte cerca.