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miércoles, 9 de mayo de 2012

Era.


Era cuando tú aparecías y me rodeabas con tus brazos o cuando volvías después de meses sin saber de ti. Era entonces, y no ahora, cuando tiritaba; porque era en aquellos momentos en los que un frío repentino me invadía al pensar en qué momento volverías a marcharte.
Ya no tirito, ni tiemblo. Me he acostumbrado a esperarte, y hasta que vuelvas estaré aquí, firme como si nunca me hubieses faltado. Esa es la ironía de todo esto; tú estás en quién sabe dónde y con quién, sin echarme de menos, mientras que yo sigo aquí tratando, sin éxito, de recuperar la vida que me robaste desde aquel preciso instante en que tu mirada se cruzó con la mía.


jueves, 1 de marzo de 2012

Podrías haber sido tanto.

Te buscaba, pero acostumbrabas a aparecer cuando ya había dejado de hacerlo. Dolías, y cuando ya no lo hacías volvías para reabrir mi herida. Besabas, casi como si quisieses arrancarme el corazón del pecho, como esos besos sin modales ni pretextos. Me mirabas, pero lo que al principio iba cargado de sentimientos se quedó vacío y empezó a quemar igual que el hielo.
En eso te resumes tú, una historia sin fin de idas y venidas en la que cada día hacía un poco más de daño que el día anterior. Porque siendo sinceros, no te importé nada. No te importó que mis labios sólo supiesen susurrar tu nombre, ni que hubiese sido capaz de darlo todo por ti.
Aparentemente para mí en aquel momento no había fallo alguno, todo parecía encajar y yo creía ser feliz; sin embargo la realidad siempre había sido muy distinta. Ahora lo recuerdo y pienso: ya pasó... Sí, ya pasó.

Tú podrías haber sido tanto… Pero quisiste quedarte solamente en tan poco, y no me arrepiento.

miércoles, 25 de enero de 2012

Recuerdos enquistados.

Recuerdo todas aquellas noches esperando ver como se iluminaba la pantalla de mi móvil, rodeada de gente a la que yo no le importaba y de personas que no me entusiasmaban. Todo se detenía en el preciso instante en que brillaba tu número y yo sonreía como lo hacen las niñas ilusionadas porque, al fin y al cabo, eso es lo que era.

Todas las noches el mismo ritual, tú me preguntabas dónde estaba y yo no hacía otra cosa que mirar hacia la puerta del local pero por allí sólo pasaba el tiempo. Cuando ya había perdido toda la esperanza llegabas por sorpresa y por la espalda, deslizando tus manos por mi cadera forzando un abrazo demasiado extraño. ¿Y sabes qué era lo peor? Que no me importaba. Tu colonia siempre estaba haciendo de las suyas, provocando y quemándome por dentro; es un aroma que a día de hoy todavía no he conseguido olvidar a pesar de que ya no seas más que un párrafo del libro que algún día podría contar mi vida.

Eso es lo triste de todo esto, que aunque no quieras algunos recuerdos se enquistan y siguen sacándote una sonrisa con el paso del tiempo. Eso es lo que haces tú porque, no nos engañemos, aunque no fueses de fiar tus abrazos a medio gas eran por aquel entonces lo mejor de mis semanas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Deseos de cosas imposibles.


Quise mantener en el tiempo esa mirada pero no pude, supongo que las cosas bonitas están hechas para no durar. No voy a marcar tu teléfono ni a oler la poca ropa que dejaste aquí, me niego. Demasiadas veces todo eso no ha servido para nada y esta no va a ser una excepción. ¿Quién sabe? Puede que dentro de un tiempo vuelvas a asomarte por aquí y yo como siempre te reciba con una tostada y dos besos, porque al fin y al cabo todo el mundo sabe que el mejor sitio para la mermelada es tu piel.
Siempre te vas y siempre vuelves, como si supieses que me he quedado aquí esperándote día tras día, como si tuvieras la seguridad de que siempre dejo la puerta entreabierta por si acaso, como si te imaginaras que todas las mañanas preparo desayuno para dos y que tu sitio jamás lo ocupará nadie por mucho tiempo que lo dejes vacío. Pero por una vez me voy a permitir soñar que no, que no vas a volver, y así cuando vuelvas quizá me veas distinta y quieras quedarte.