Hacía frío y su nariz estaba roja, hacía mucho que no se
resfriaba. Con la mirada divertida le observaba desde la cocina mientras
preparaba un poco de leche caliente. Metido en la cama, con el edredón
tapándole hasta las orejas y esa vocecilla quebrada que le hacía parecer tan
indefenso:
- Nay… ¿Estás ahí?
- Sí pequeño mocoso, ahora te llevo la leche.
- Necesito tus mimos…
- ¿Ah sí? ¿Y por qué los necesitas tanto? – Le preguntó con
una sonrisa pícara.
- No seas mala, sabes que estoy enfermo, no tengo fuerzas
para ir a por ti, cogerte en brazos y traerte hasta aquí en contra de tu
voluntad.
- ¿Lo harías?
- Sin dudarlo si pudiera, y nos abrazaríamos y se me pasaría
el catarro.
- Eso no pasaría y lo sabes. – Dijo mientras se reía a carcajadas.
- Pues te haría el amor. ¡Eso sí que me daría fuerzas!
- Anda, bébete la leche, luego te haré mimos y dormiremos
juntos. Mañana será otro día y te encontrarás mejor.
En situaciones como aquella le tocaba ser la fuerte y controlar sus
impulsos, porque se lo hubiese comido a besos, a él y a su debilidad. Pocas
veces se le veía necesitado y a Nayla le encantaba cuidar de él aunque,
irónicamente, siempre era él quien tenía que cuidar de ella.
Además, debía de quedar alguien sin contagiarse el catarro para cuidar por el otro...
ResponderEliminarHas planteado una muy hermosa situación en tan pocas palabras. No cualquiera puede hacerlo.
Saludos
J.